Francisco E. Heredia Quintana / Opinión
Candelaria–incendiaria, la fiesta, la fe y la exacerbada violencia
2017-02-02
Al salir de misa pareciera que las personas se adentraran a otro mundo, a una dimensión sofocante y espesa que deja atrás las plegarias, el aroma de las flores y el destello hipnótico de las veladoras.
La eucaristía se convierte en un murmullo que permanece cautivo, rasgando las paredes del Santuario que al cruzar la puerta, se disolvía lentamente en ese contraste común y tajante de la verbena que florecía como una plaga colorida y estridente en las calles de Tlacotalpan.
En otros años, Los Portales al mediodía ya eran una masa laberíntica de sillas, mesas, carcajadas y baile, la fiesta se podía distinguir retumbando en cada esquina del pueblo nombrado patrimonio de la humanidad por la UNESCO.
Desde hace más de 240 años han llegado miles de personas a disfrutar de la celebración en honor a la Virgen de la Candelaria, procesiones, cabalgatas, jinetes y jarana. No hay lugar donde no se transpire la conmemoración.
La belleza colonial, la tranquilidad cotidiana se ve abrumada por esos turistas convertidos en vaqueros espontáneos presumiendo el sombrero y las botas, por esa muchedumbre ataviada de rojo con su lata de cerveza en la mano, con ganas de caminar entre el tumulto comprar souvenirs, deambular por aquí y por allá, todos envueltos en la música viva de cada esquina, que se torna una sustancia densa de acordes que aturden, enajenan y divierten.
En los días en honor a la Patrona de Tlacotalpan se lucen las mujeres, asomando la sonrisa detrás del abanico, sosteniendo sus cabellos con peinetas y flores mientras el más delicado movimiento despliega el ondulante encaje del traje tradicional veracruzano.
Al caer la noche los conciertos inician, emergen los “toritos” como una visión de fantasía vibrante, correteando a la gente antes de que se extingan sus chispas de colores, algunos parrandean en los callejones y cantinas típicas y el amanecer no los desanima y terminan entonando, botella en mano las tradicionales mañanitas a la Patrona.
La Perla del Papaloapan, se pule parsimoniosamente cual joya exquisita para lucir radiante.
Este año fue diferente. La perla se sacudió y mostro que es frágil, volátil y que una lánguida grieta puede expandirse sobre su pulcritud inmaculada, hasta desquebrajarla por completo.
A las 11 de la mañana el zumbido del silencio era el único visitante que se escurría trepidante y sospechoso, los rostros largos y pasmados de quienes ofrecían alcohol, playeras y artesanías aparecían desde el marco de alguna ventana, en el borde de las puertas, sosteniendo entre los dientes el enfado.
El ambiente era desolado y amargo, para esa hora en otros años ya las calles y las plazas estaban saturadas, y ese día no. Las marimbas callaron, abriendo paso a un acorde insólito: un murmullo contaminado de descontento y dudas.
Desde el pasado 10 de noviembre el maltrato animal fue tipificado como delito en el estado, al ser aprobada la Ley Estatal de Protección a los Animales , quedaron prohibidas las pamplonadas y vaquillas. La sanción es de 2 a 5 años de prisión y multas de 200 a 400 salarios mínimos.
La fiesta tlacotalpeña incluye una regata organizada en el río Papaloapan, en la que participan unas 20 embarcaciones, al concluir se dirigen al lugar denominado La Mulata, el sitio donde se resguardan los bovinos para la siguiente tradición, El Embalse de toros.
El acto consiste en desplazar a seis toros de raza cebú en las aguas del río, son amarrados a una embarcación pequeña llamada piragua y los hacen cruzar al otro margen, donde la multitud espera imponente, enardecida y ansiosa.
El día esperado llegó, y una visita inesperada como un cuchillo filoso, se alojó y revolvió profundamente las entrañas del ánimo festivo.
La celebración estaba en peligro, la honorable “tradición” se tambaleaba ante la indignación generalizada.
La Fiscalía Especializada en Investigación de Delitos Ambientales y Contra Animales llegó, bajo la mirada acribilladora y llena de suspicacias, instalaron un módulo integrado por la Policía Ministerial y personal del ministerio público.
Diez jinetes se disponían a enfilar a los toros al embalse, intervino la policía, detuvieron a los vaqueros y aseguraron a los toros, en un rancho conocido como Quinta Vergara.
La ley debía cumplirse.
Esta vez las voces que poblaron Tlacotalpan no eran de fiesta, podría palparse en el aire como la idea de complot se iba haciendo robusta y aniquiladora: “traeremos a los toros”.
Pobladores llegaron por los toros y no estaban. Fue entonces cuando la perla vibró de ira e indignación.
La fiesta de Tlacotalpan este día no se centró en el vestido de flores de la virgen, ni en las tradiciones religiosas o las jornadas de música regional, la comida típica, el zapateado… todo pasó en un santiamén, a segundo plano.
El pueblo quería el embalse, reclamaron al alcalde Homero Gamboa, quien aseguró que “nosotros teníamos todo organizado para la seguridad de la gente y que los animales no fueran maltratados”.
Decenas de tlacotalpeños encararon a los ministeriales exigiéndoles continuar con la tradición, su argumento central era que sin el “atractivo” del embalse las ventas se verían afectadas.
La Fiscalía respondió que “el gobierno municipal sabía que la fiesta no se podría hacer, los detenidos fueron acusados por crueldad animal y se abrirá una investigación por incumplimiento de un deber legal contra el Ayuntamiento”.
Los razonamientos se evaporaron instantáneamente, la turba respondió con violencia irrumpieron en el Palacio Municipal y la media docena de policías no fue suficiente para contener o disipar a los inconformes, lograron romper los candados del portón , protagonizaron una trifulca agitada y sorda. Ni el gas pimienta que rociaron logró sofocar el enojo, ni apaciguar la idea de que la fiesta de La Candelaria no es tal sin el “espectáculo” taurino.
La muchedumbre tomó sus embarcaciones cruzaron el llamado río de Las Mariposas, ubicaron un par de toros, fueron amarrados a las lanchas y cruzaron el río nadando como antaño, a pesar de que las autoridades habían especificado que esa práctica ya no se haría y ahora una panga los “ayudaría”. Y así se concretó el tradicional embalse.
La perpetua postal del toro siendo atizado, se consolidó ante el aplauso indiferente al maltrato de un ser vivo. Esa euforia dura e inmisericorde le propino golpes a los animales con las manos, con latas de cerveza o botellas, les lanzaron agua, recibieron jalones en la cola entre muchas otras “destrezas” irreverentes. Fue un show sádico disfrazado de tradición ancestral.
Era una proeza que merecía una carcajada, una selfie y un trago de cerveza correr a provocar el instinto de supervivencia de un animal, que se encontraba aturdido, confuso, temeroso, indefenso… esta salvaje tortura ¿es para congraciarse con la Virgen de la Candelaria?
Los comerciantes defendieron su postura, su inversión y deseaban ver repunte en sus ventas, en un Estado donde las finanzas públicas apenas van a alcanzar para realizar las celebraciones tradicionales como La Cumbre Tajín o el Carnaval del Puerto de Veracruz, realizaron una férrea y violenta defensa ciertamente no para mantener una “tradición” sino para procurar los ingresos que generan a su bolsillos esas “tradiciones”.
¿Quién es el culpable?, ¿el alcalde?, por no suspender o dar aviso anticipado de que debía acatarse la nueva ley, ¿los organizadores? por no prever una alternativa atractiva para el turista que involucrara un show taurino pero sin odio y maltrato o ¿la Fiscalía y los policías? que al final fueron rebasados, se dispersaron entre la multitud que corría de un lado al otro, congratulándose de la presencia de los bovinos.
Qué defendió Tlacotalpan, ¿sus solemnes tradiciones? ¿la derrama económica que deja la venta de alcohol, para quienes requieren tener cerveza en el cuerpo y así tener el valor de maltratar a un animal y disfrutarlo?; qué opacó a los versos, las coplas y picardías del jarocho y su jarana, acaso la posibilidad de no ver a los toros cruzando el río apenas asomado la cabeza...el hecho de quiza no ver como un animal es impunemente ofendido?
En todo este panorama no apareció un argumento religioso, ¿defendía también la Iglesia el embalse?, quizá la festejada desde su altar sintiéndose un parapeto, un laxo pretexto para hacerse de dinero, prefirió posar su piadosa mirada en la belleza caudalosa del Papaloapan y no en la rebelión acida donde la veneración y la fe resultaron dos sentires pasmados y olvidados.
Probablemente no todos en Tlacotalpan apoyan el embalse ni favorecen a la vulgarización que ha tenido la celebración a la Virgen, sin duda hay quienes intensamente entregados a la fe viven estos días alejándose del bullicio y la faramalla, hay quienes con añoranza recuerdan el olor a incienso y rosas durante las procesiones y les fastidia tropezarse con los puestos de comida, artesanías y bebidas embriagantes.
Quizá es posible ir a las Fiestas de la Candelaria y descubrir que es una conmemoración que tiene dos rostros, que se contraponen y hasta llegan a ser antagonistas, el misticismo religioso y la fiesta exacerbada, dos opciones, dos matices que conviven y se conjugan y quizá en esa simetría enigmática reside la belleza única e inigualable de Tlacotalpan, en sus recovecos puedes descubrir el rostro festivo, moderno y obtuso de México y también encontrar la vasta herencia cultural característica de las tierras veracruzanas.
Sin embargo, para el país y el mundo lo cierto es, que la voz del pueblo retumbó y doblegó a la ley y eso es algo que no se puede ignorar.
Con violencia se exigió el “espectáculo” de violencia.
Al final , Tlacotalpan si tuvo en sus calles a esas bestias iracundas y embravecidas, a esos quienes usando la fuerza arremetieron y derrumbaron barrotes y candados, a esos que orquestaron una jornada de crueldad y abuso.


Tlacotalpan ganó, tuvo su tradicional fiesta morbosa de sangre, alcohol y violencia.
Comentarios a heqfe@hotmail.com
DI Noticias Noche 20 de Mayo del 2015
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