Gerardo Galarza / La estación
Exorcismo
2015-10-18
Incapaces, rebasados y desesperados, los políticos mexicanos buscan un milagro que los llene de gracia frente a los ciudadanos. Y creen que el mejor camino para encontrar ese milagro es a través de la intercesión del papa Francisco.

Apenas si se anunció que el líder de unos mil 214 millones de católicos del mundo (17.7% de la población global) visitará México (el segundo país con mayor número de católicos, sólo superado por Brasil) el próximo año, los políticos y sus partidos han comenzado ya una rebatiña para ampararse en la figura del argentino Jorge Bergoglio en busca de ese milagro.
Alguno, como Andrés Manuel López Obrador (juarista confeso y, al menos públicamente, no católico) no ha querido esperar su llegada a México y ha ido a la Plaza de San Pedro en Roma para entregarle “una medallita” de fray Bartolomé de las Casas y una carta personal y de inmediato “subir” la fotografía correspondiente a las llamadas redes sociales para hacerlo saber a, en este caso, la ciudad y al país; otros como los senadores panistas, encabezados por Roberto Gil Zuarth y Gabriela Cuevas, apoyados por la mayoría de los senadores de todos los partidos, han votado ya un punto de acuerdo para invitar al obispo de Roma a que les dirija un mensaje en la republicana sede senatorial y públicamente reclaman que nadie debe bloquear esa invitación.
Y hay que recordar que la visita del Papa a México se producirá gracias a la invitación oficial que le hizo el presidente Enrique Peña Nieto el 7 de junio de 2014, durante la audiencia privada en El Vaticano; invitación aceptada, pero a la que el obispo de Roma nunca había puesto fecha, pese a que ha realizado visitas a varios países latinoamericanos y a que recientemente estuvo en Cuba y Estados Unidos; en todos los casos sin tocar tierra mexicana.
Los católicos mexicanos creyeron siempre ser los preferidos papales, a partir de que Juan Pablo II visitó el país en 1979, en el primer viaje de un Papa a cualquier país después de siglos (Paulo VI había ido a la sede de la ONU en Nueva York, en la década de los sesenta del siglo pasado). Así, México ha recibido seis visitas papales (cinco de Juan Pablo II y una de Benedicto XVI; cuatro bajo gobiernos priistas y dos presidentes panistas; las tres primeras sin que hubiera relaciones diplomáticas entre México y El Vaticano). Pero este Papa no ha tocado tierra mexicana. Hay versiones, suficientemente creíbles, de una mala relación con la cúpula de la jerarquía católica mexicana y como prueba de ella se ponen los nombramientos de nuevos obispos y cardenales mexicanos.
Pero no es sólo eso. En su pontificado Francisco ha demostrado que conoce muy bien los códigos de la política mundana y conoce muy bien la situación de América Latina: vivió bajo una dictadura y todo lo que ello implica. Conoce muy bien la grilla, como se dice en México. No viajó durante la euforia de la aprobación de las reformas estructurales, seguramente, para evitar que su presencia se tomase como un apoyo; no vino en 2015, un año eminentemente electoral, y ahora se cuida que su visita no vaya ser aprovechada en algún estado donde el año próximo habrá elecciones para gobernador, por lo que el viaje podría darse en la segunda quincena de febrero, antes del inicio de las campañas correspondientes, el único lugar que tiene garantizada la visita es el Distrito Federal, en cuyo territorio se encuentra la Basílica de Guadalupe.
Los católicos mexicanos (más del 80% de la población) mostrarán su júbilo por la presencia de su líder religioso, como siempre y, sin duda alguna, es natural. Sin embargo, no se requiere ser experto para saberlo, la próxima visita papal no será tan provechosa para el gobierno ni para los políticos y sus partidos, como pudieron haberlo sido las de sus antecesores.
El papa Bergoglio ha mostrado conocer bien a su Iglesia y su doctrina, pero también las necesidades mundanas de sus fieles y ha demostrado saber y decir lo que tiene que decir en el momento y lugares precisos, las palabras más ásperas y contundentes… con un suave tono de voz. Es, como todos, un Papa diplomático, pero (a diferencia de otros) nada complaciente. Y tiene una agenda muy bien definida.
Es muy probable, así lo prevén quienes saben de estos menesteres, que en México Francisco no eludirá referirse a cuatro de los principales temas de esa agenda, que cruza, también, las creencias de los reales católicos: derechos humanos, justicia, migración y pobreza… y qué mejor lugar que México para dejarlo claro. Piense usted en esos tres tópicos y contrástelos con la realidad nacional, póngales los nombres, lugares o números que quiera. Y de ello hay responsables…
Quizás por eso a los políticos les interesa, a la de ya, quedar bien con el obispo de Roma, acercarse a su protección y algunos quizás quieran la absolución. Pero, al parecer el acto de contrición ya no basta en México: los demonios de la corrupción, la impunidad y la injustica requieren de métodos más rudos. Ojalá que cuando venga a México el papa Francisco traiga en sus maletas el Rituale Romanum llamado De Exorcismis et Supplicationibus Quibusdam, que contiene el rito para la expulsión de los demonios.
DI Noticias Noche 20 de Mayo del 2015
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